“El desplome de la República”, Ángel Viñas y Fernando Hernández

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Escrito por Ángel Viñas y Fernando Hernández Sánchez

Sigue teniendo validez el dictum de George Orwell de que quien controla el pasado controla el futuro. Varias generaciones de españoles fueron alimentadas con una sopa cuidadosamente cocinada durante el franquismo: la guerra civil como fruto de las maniobras de la izquierda impulsadas desde el exterior. No es irrelevante para robustecer la salud del actual régimen democrático en España que el pasado se interprete de una u otra manera. Si los fundamentos de la democracia han de encontrarse en una transición que dejó incólumes los presuntos logros de los vencedores de la guerra civil, la lectura de los orígenes del régimen democrático y constitucional será muy diferente que si sus antecedentes han de remontarse al deseo de reenlazar con las reformas democratizadoras de índole política, económica, social y cultural que trató de poner en práctica la denostada República y que se ahogaron en sangre con argumentos falaces.

Quizá no haya otro más duradero que el que presenta [el curso y derrotero de la guerra civil] como la pugna contra la posibilidad de que la República se hundiera en el abismo de una dictadura a las órdenes del Kremlin. De aquí la [afirmación] de que la sublevación del 18 de julio fue una reacción desesperada ante el peligro de colapso de la PATRIA en las simas que abrían el comunismo o la revolución. A tales efectos es irrelevante que ya no se utilicen el término de “cruzada”, las “explicaciones” de la Iglesia Católica española o la retórica hipernacionalista. En los archivos militares  está plasmada (¿para siempre?) la interpretación favorita del franquismo: una guerra de “liberación nacional” contra el yugo marxista.

En paralelo, ciertos historiadores extranjeros, generalmente conservadores, mantienen la tesis que la victoria de Franco, por muy lamentable que fuese para los vencidos, contribuyó a que España permaneciera anclada en el mundo occidental. [Ahí están] las opiniones de Antony Beevor, no porque tengan mayor autoridad que otras análogas sino porque las ofrece un militar al término de un volumen de síntesis de más de ochocientas páginas sobre la totalidad de la guerra civil, sus antecedentes y sus consecuencias. Este tipo de autores suministran munición intelectual muy significativa al mantenimiento de interpretaciones que pueden y deben ser sometidas a contrastación empírica.

El desplome republicano ha dado origen a una extensa literatura. Ahora bien, la mayor parte ha sido exculpatoria, ideologizada o de combate, según los casos. En el final de la guerra civil se combinaron los antagonismos que habían avivado las perspectivas sombrías de futuro en forma de desintegración del frente popular, la creencia en un mirífico “abrazo de Vergara”, el anticomunismo, el antinegrinismo, la actuación de la quinta columna y, simplemente, la traición. A mismo tiempo [culminaron] las políticas de asedio a la República practicadas por británicos y franceses, su interés en llegar rápidamente a un acomodo con Franco y la creencia  de que intercederían de alguna manera para paliar las represalias que había anunciado el invicto Caudillo. Los republicanos pagaron duramente las consecuencias de la mala comunicación entre sus líderes y, en todo, caso la defección de Azaña en el peor momento. [En medio de todo ello, el coronel] Casado manipuló las esperanzas e ilusiones de los mandos del Ejército Popular, muchos de ellos preocupados por resolver “su pequeño problema personal”, y [fomentó la creencia] de que la política de resistencia sólo hacía el caldo gordo a los comunistas y a los presuntos intereses soviéticos. Aprovechó al máximo la anómala situación constitucional creada por la dimisión de Azaña y [su] conocimiento de los movimientos tácticos del presidente del Gobierno tras recibir alguna de sus confidencias e interceptar sus comunicaciones. El PCE ni preparaba un golpe ni tenía necesidad de hacerlo. Propugnaba la resistencia pero, al menos en su cúpula, no de manera ciega y numantina. Autoencadenado a Negrín desde hacía tiempo, no estaba en condiciones de diseñar en cuestión de semanas una alternativa. Tampoco lo intentó, dijeran lo que dijesen más adelante los asesores soviéticos o los representantes de la Comintern.

A pesar de toda la mitografía que ha oscurecido la realidad de los hechos antes del desplome de la República, el Gobierno y su presidente hicieron piña en torno a varios puntos fundamentales: la necesidad imperiosa de que Azaña regresara a la zona centro-sur; la conveniencia de mantener la resistencia mientras se hacían gestiones para buscar una rendición que no implicara persecuciones y el deseo de retrasar todo lo posible la caída de la espada de Damocles que era el reconocimiento de Franco por las democracias. En puridad, el golpe [del coronel Casado] hubiera sido innecesario. Todos los grandes actores implicados aspiraban, más o menos, a lo mismo. Poner fin a una guerra sin perspectivas de victoria pero evitando en lo posible las represalias y, cuando se vio que ni siquiera esto sería factible, garantizar la evacuación. La sublevación no sólo fue innecesaria para poner fin a una guerra irremisiblemente perdida sino que a efectos inmediatos resultó incluso contraproducente. Fracasó en la consecución de una “paz honrosa” y al añadir a la hiel de la derrota la ignominia de la traición y el enfrentamiento fratricida entre las fuerzas antifascistas liquidó a largo plazo las posibilidades de articular una oposición eficaz a la naciente dictadura. Casado y sus compañeros de sedición rindieron un magnífico servicio a Franco al proporcionarle la oportunidad de, desarbolado todo plan de evacuación, capturar y proceder a la eliminación sistemática de lo más granado de lo que podía haber sido el núcleo de una oposición interior. La triste historia es que otorgaron, lo quisieran o no, a la “espada más limpia de Europa” un dilatado respiro al sumir en una ciénaga de reproches a quienes pudieron exiliarse  y a los que lo hicieron y se desgarraron ahondando en unas heridas que no cicatrizaron nunca y que esterilizaron casi todas las iniciativas unitarias destinadas a lograr una alternativa eficaz a la dictadura, por no hablar de su repercusión de cara a las potencias democráticas.

Negrín, un PSOE dividido y los comunistas españoles pensaron siempre en fortalecer el Frente Popular para atacar de plano dos retos existenciales: el derivado de la sublevación interior –que fue consiguiendo cada vez más éxitos- y el dimanante del apoyo de las potencias fascistas. La guerra fue, sí, civil, pero también una guerra contra el Eje. La primera que se libró en Europa. La única en la que la coalición antifascista fue derrotada rotundamente. La única, también, en la que las variopintas fuerzas de la izquierda española salvaron el honor de la República porque combatieron tal agresión con las armas en la mano, sin sucumbir a tentaciones de sucursalismo respecto a la única potencia que les brindó ayuda, la URSS, y, como ya señaló en una fecha temprana el secretario general del Ministerio de Estado, Rafael de Ureña, bien conscientes de que se batían no sólo por la libertad de los españoles sino también de los demás europeos que no tardarían en sucumbir, o estuvieron a punto de sucumbir, bajo la espada fascista. Es típico, pero no sorprendente, que en la España de 2009 tal interpretación siga siendo objeto de discusión y de debate bajo el imperio no de la evidencia sino de la ideología, pura y dura.

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